(Nótese la ironía que impregna todo el artículo)
Después del pueblo en que habito, la ciudad donde me crié y aquella otra donde nací, Andalucía es mi patria señores, y por ella he de morir. De risa, si llega el caso y requiere la ocasión, como manda la tradición parlamentaria. Desechados por anacrónicos los localismos y postergados por reaccionario el llamado espíritu nacional, sólo nos resta el autonómico o regionalista, como refugio seguro y tranquilo para nuestra identidad. Poco importa parece, la diversidad de caracteres e incluso costumbres, de las dos andalucías, y menos aún el mutuo y claro rechazo, que a veces se dispensan.
Nada de eso importa ni interesa, ante la obligada y necesaria cohesión que exige etiquetado uniforme y denominación de origen, como carta de presentación. Todo es cuestión de marketing o venta, ‘Andalucía’ para que engañarnos, se asemeja cada vez más a una simple marca comercial de producción. Sin embargo y precisamente por ello, todos debemos sumarnos alrededor de la misma bandera o idea, si queremos progresar y competir en igualdad de condiciones, en los mercados nacional y europeos.
Para empezar, es de recomendar afinemos nuestras posturas, encauzándolas en una misma y única dirección, con renuncia de personalismos montaraces y egoístas, promoviendo y potenciando lo común a costa de empobrecernos hasta el extremo de perder si fuera preciso nuestros acentos, último eslabón que nos distingue y queda.
Más adelante , despojados ya de esas cadenas que nos separan, y paradójicamente enriquecen, sólo pensar en incorporarnos sin reservas ni paciencias al siempre ilusionante proyecto de reconstrucción de la patria andaluza, trabajando en aquellos valores universales que la componen, y que su himno repite y canta sin cesar: “Sean por Andalucía libre, España y la Humanidad”.
A esos ideales de libertad y solidaridad entre los pueblos, debemos acogernos todos los andaluces fraternalmente, demostrando que podemos y sabemos combatir en cualquier terreno, incluido el mercantil, poniendo siempre por delante el bien común.
Miguel Ruiz de Almodóvar
La Opinión de Granada 28-2-2009