La Granada a la que taparon la boca
26/06/2007 | por NacHo | Categoría: Historia, OpiniónEl pasado día 13/06/2007 leí en IDEAL el artículo titulado La Granada que recuperó la palabra. El autor repasaba hechos acaecidos en 1977 en Granada y en la comunidad andaluza.
Con un andalucismo de andar por casa, el autor reinventa unos hechos para adecuarlos a la actual historia andaluza, aficionada, como todo lo que llega desde Sevilla, a manipular identidades y enaltecer patrias o “realidades nacionales”, a mi entender y creo que de otros muchos, inexistentes.
Yo, por mi juventud, no viví los hechos que narra el señor/a que se esconde tras las siglas A.M.S. y desgraciadamente no puedo acudir a libros de historia, pues nadie fuera del andalucismo institucional, los ha tratado. Si puedo enfocar, siempre desde mi perspectiva, aquellos hechos y otros posteriores.
A Granada en la transición le taparon la boca. Nos vendieron la utopía de la Andalucía única, de las ocho provincias. Un invento que solucionaría de una tacada, todos los problemas económicos y sociales, tras la afortunada y esperada caída de la dictadura franquista.
Junto con la libertad, la democracia, la solidaridad, el desarrollo, las élites políticas andaluzas dominadas por figuras como Clavero Arévalo (UCD), Felipe González, Alfonso Guerra, Escuredo (PSOE), y Rojas Marcos (PSA-PA), -¿debo recordar de qué ciudad eran naturales todos ellos?-, nos vendieron progreso junto con un “andalucismo light” de nuevo cuño, que enmascaraba un cambio político territorial, el cambio del centralismo madrileño al centralismo sevillano. Un pacto entre caballeros sevillanos para repartirse el pastel de las dos regiones andaluzas. El cambio de la alcaldía de Granada por la de Sevilla dejó claro, años después, los términos del nuevo juego autonómico, y puso al PSA-PA en su lugar.
Si en la dictadura Granada no podía abrir la boca, en la transición una mano abierta, disfrazada de andalucismo, usado indistintamente por las fuerzas políticas andaluzas, apagó la voz de nuestra ciudad y región, tildando cualquier manifestación contra las ensoñaciones de Infante, de fascista y reaccionaria.
Lejos de 1977 quedaba la historia centenaria del Regionalismo Granadino, de Ángel Ganivet, Seco de Lucena o Gallego y Burín. Olvidada quedaba la Asamblea de Córdoba de 1933, censurada por la historiografía actual, andalucista o sevillana toda ella, donde representantes del PSOE, IR y la CEDA de Jaén, Granada y Almería aparecieron con el proyecto de la Mancomunidad de Andalucía Oriental bajo el brazo. Enfrente tenían a Blas Infante, hoy canonizado e institucionalizado “padre de la patria andaluza”, para hacerles frente. La historia, casi siempre, la escriben los ganadores. El patetismo llega a su cenit cuando la Granada actual ve como un brillante aunque equivocado político, nieto de uno de estos andalucistas orientales, desgraciado mártir socialista de la Guerra, milita y dirige las filas del PA, heredero del beato de Casares, contra el que su abuelo y Granada lucharon, y por unos instantes vencieron.
El proceso de formación de Andalucía, que no nos hablen de la Andalucía eterna de Gala y otros soñadores bajoandaluces, desarrollado en la transición fue sencillo y maquiavélicamente diseñado. Primero había que vender una Andalucía de ocho provincias a gente agobiada por el paro, los conflictos sociales, la inestabilidad política y ansiosa de democracia y libertad.
Se dibujó, en mentes recién abiertas, una Andalucía de todos y para todos, solidaria, descentralizada, por y para todos los andaluces. No se hablaba de la capital pero se intuía que para que fuera un invento justo debía de ser la céntrica Antequera. Una solución en las que las dos regiones de Andalucía perdían un poco y ganaban otro poco. El mejor acuerdo es aquel donde las dos partes pierden.
Algunas voces protestaron contra el enorme invento que se gestaba, muy difícil de administrar y un reto que chocaba contra instituciones que llevaban funcionando cientos de años: la universidad de Granada, los colegios profesionales, las cajas, la audiencia judicial, o el arzobispado de Granada. ¿Han pensado ustedes cuantas comunidades autónomas tienen dos arzobispados en su interior?. Puede que esto termine pronto. Poco a poco las instituciones y competencias fueron -y siguen- migrando peligrosamente, por el cauce del Genil hasta tierras lejanas, junto con nuestro futuro. Antes Madrid hablaba por Granada, ahora lo hace Sevilla. “Quillo”, los andaluces hemos ganado mucha libertad de expresión desde entonces, ¿o no?, mi “arma”. El granadino calla y mira para otro lado. Luego bajito, casi sin abrir la boca dice “Si, por lò cojonè”.
Muchos granadinos vieron en 1977 como una bandera ajena a ellos, se colocaba en sus edificios institucionales. ¿Por qué traer banderas lejanas si ya tenemos la de Granada? -pensaron algunos-, a los que A.M.S. llama y tal vez lo fueran, “gamberros”.
Si miramos periódicos de la época, veremos como la recién nacida Junta de Andalucía, en boca de Escuredo tildaba la diferenciación de las dos andalucías y el posible centralismo sevillano como “propia de ignorantes”, (El País, 22-2-1980), respaldada por Felipe González afirmando “que era una tontería” la división de Andalucía en dos partes (El País, 24-5-1980). Clavero -militante de UCD, pero andalucista hasta la médula, que sacrificó a su partido en pos de su soñada Andalucía- , González, Escuredo, Rojas Marcos, enemigos políticos encarnizados no tenían pudor en defender lo suyo: Sevilla y la baja Andalucía. Andalucía Oriental era fascista, reaccionaria. Andalucía: una, grande y libre, era la panacea a todos los problemas habidos y por haber. Lo era para el Orbe del Mundo, que fue trazando gracias a autovías y AVEs, arterias para llevar su cultura y su economía a todos los lugares del invento andaluz. Hoy “Andalucía te quiere” o “Andalucía es única”, siguen rechinándonos los oídos a algunos, que hemos bautizado a Sevilla como “agujero negro”. Otros sencillamente no se enteran de nada.
En los años siguientes, el Estatuto de Andalucía se construye y se aprueba. Eso sí, con una trampa mortal: “La capital de Andalucía, sede del Gobierno y del Parlamento, será la ciudad que decida éste, por mayoría de dos tercios, en su primera sesión ordinaria”. (Estatuto de Andalucía, Articulo 7, 1981). No sé lo que hubieran votado muchos granadinos si en el Estatuto hubiera aparecido la palabra Sevilla. Sólo hay que recordar un titular de la época, previa a las elecciones autonómicas y generales de 1982: “El nombre de la ciudad llamada a ser la capital del nuevo Gobierno andaluz es tema tabú en esta campaña” (El País, 20-5-1982). Lo que pasó a continuación lo conocen todos.
30 años después, la Junta de Andalucía -o de Sevilla- sigue dominada por el PSOE-A. ¿O es la Junta y Sevilla las que dominan al PSOE-A?. Todo tiene visos de seguir igual en Granada y Andalucía Oriental. El PP-A se sumó al carro de “realidades nacionales” y sigue controlado por sevillanos como Arenas. Ferias del caballo, nuevas denominaciones para el Corpus, “el real de la feria” se empieza a oír, incluso bandas de Semana Santa y procesiones “a la sevillana” llenan nuestras calles durante nuestras fiestas. Las sevillanas, el Rocío y “Siempre así” hacen furor entre los jóvenes educados en el “bajoandalucismo” desde pequeños. Grupos pop planetarios, hasta hace poco a la cabeza y referentes de la música española, se “sevillanizan” y “bajoestandarizan”.
Me gustaría creer que Granada tiene hoy voz y es escuchada, pero me temo que mientras los partidos políticos y sus líderes sevillanos sigan controlando la política andaluza, Granada será un convidado de piedra, como Jaén o Almería.
No ocurre así en Sevilla. Recuerdo un reciente y brillante artículo de José Prados sobre el nuevo estatus para Sevilla (IDEAL, 8-4-2007), en respuesta a la noticia que afirmaba que el PP de Sevilla solicitaba 19 nuevas competencias por la capitalidad de la ciudad de la Giralda, por las “incomodidades de la capitalidad”(IDEAL, 4-4-2007). Sevilla hasta hace poco solo era capital de facto, recuerden el Estatuto del 81 unas líneas más arriba, hasta el pasado e ignorado referéndum. Otra magistral obra de ingenieria política sevillana, que centrada en entes abstractos como “realidades nacionales”, nos metió doblada la capitalidad de Sevilla. ¿No les resulta sospechoso que el PP-A y el PSOE-A se llevan bien o mal dependiendo de qué parte de la comunidad hablamos? A mi si.
La única esperanza es que los políticos granadinos comiencen a representar a la gente que les vota, a los granadinos y a los intereses de Granada, y olvidar lo que desde Sevilla les dicen sus jefes de partido. Pero es la pescadilla que se muerde la cola. Brillantes políticos del PSOE, como el ex-alcalde Antonio Jara, son condenados al ostracismo cuando defienden a su ciudad y su tierra, Granada. Frente a ellos serviles “asevillanaos” medran entre las filas del PP-A y de PSOE-A, ayudando a disfrazar el centralismo sevillano y el -a mi modesto entender- error de la Andalucía única, como supuestas luchas bipartidistas.
Al menos nos queda el humor de granadinos, que por medio de chistes en YouTube o en las clásicas carocas, denuncian la mordaza bipartidista que se superpone a otra, muy apretada y verdi-blanca. Algo puede cambiar en Granada y Andalucía Oriental. ¡Qué no sólo sea el color -azul o rojo- de la mordaza de arriba!.
Andrés Carrasco

