¿Qué es de mi Almería?

4/03/2008 | por Javier | Categoría: Actualidad, Agravios, Comunicados, Externos, Notas de prensa, Opinión

Loquillo cantaba acerca de ‘cuando fuimos los mejores’, supongo que todos nos hemos sentido alguna vez así, pero ¿podemos decir eso de Almería? Indudablemente, sí, al menos si nos atenemos a lo que dice de ella la historia, o al menos lo que dejaron escrito los vencedores, y, en menor medida, los vencidos.

Así, me pregunto hoy ¿qué es de mi Almería? Antaño, según dicen, fue una tierra fértil, yo, hoy, poco puedo hacer para creerlo. Es cierto que lo fue, y no sólo en cuanto a exuberante vegetación, que, como de costumbre, cortamos los que aquí vivíamos, sino en culturas, ahí está El Argar, un poco más allá Los Millares. Nuestro símbolo por excelencia, el Indalo, parece sonreír desde la cueva de Los Letreros, sabedor de nuestra ignorancia, guarda la última palabra.

Hablan, los que de esto entienden, que en tiempos de los árabes Almería fue un gran puerto, que tuvo una gran biblioteca; cantan alabanzas al palacio del segundo recinto de la Alcazaba, de la Mezquita, y, Dios sabrá, de unas cuantas lindezas más, algunas oficiales, otras entroncadas en lo apócrifo. También dicen que, tras dos reconquistas, tras una lucha de siglos, no volvió a ser la que era.

Que nadie me malinterprete, no soy de esos románticos que hablan de lo cojonudos que eran los musulmanes, de la existencia de una cultura de convivencia y bla, bla, bla; no voy por ahí. Lo que quiero decir es que, al menos eso nos venden, nuestra provincia fue un día protagonista de historias que harían palidecer al mejor espagueti-western rodado en Tabernas.

Todo eso, y más, puede ser cierto, pero Almería, hoy, no es sino mera sombra de lo que debería ser. He estudiado fuera, y convivido con gente de distintos lugares, incluido el norte de España, cada uno con su visión de Almería. Ante todos ellos, he defendido mi tierra, y, a la vez, la he criticado. Me explico. Desde mi experiencia, el almeriense es el único que puede decir lo que quiera de Almería ¡pero que no se la toquen! Somos los mayores pesimistas entre nosotros, pero cuando el de fuera critica, nos sale una extraña vena masoquista que quiere hacer lo blanco, negro.

Y es que, no nos engañemos, tenemos gran parte de culpa, y lo digo así, porque para comenzar un cambio, hay que realizar un acto de contrición y evaluar en que se ha pecado. Cierto que la Junta nos tiene olvidados, que en veinticinco años hemos sido poco menos que nada. Cierto. No menos verdadero es que Madrid queda muy lejos. Cierto también. De Europa no hablemos. Pero ¿nuestros políticos? Esos están muy cerca, demasiado a veces, y hacer, lo que se dice hacer… Bueno, escudarse en ‘la Junta es mala’ o ‘no ha sido posible’ queda muy bien.

Pero a lo que vamos. El almeriense de a pie (usted, o tú si me permites tutearte, él, yo) no hace realmente nada para cambiar su situación. No salimos a la calle. No pedimos firmas. No nos rasgamos las vestiduras. Nos quejamos, sí, pero sólo entre nosotros, sólo entre conocidos; cuando llega la hora de la verdad, y, ojo, me incluyo, nos callamos vilmente. ¿No tenemos buenas comunicaciones? ¡Qué más da! Murmuraremos un poquito, y después aquí paz y después gloria.

Además, y no quiero meterme en un tema tan espinoso en tan poco espacio, somos herederos de ese referéndum, en el que Almería no obtuvo la mayoría necesaria para que Andalucía accediese a ser Comunidad Autónoma por la vía rápida; lo que puso a la postre el primer cambio de la Constitución y, para algunos, un proceder un tanto insólito y no muy acorde con la legalidad. Estaba claro, si ya éramos el, perdón de nuevo, culo del mundo, antes de esas fechas, la animadversión desde entonces, de ciertos entornos, fue evidente.

¡Ah! Eso no deja de ser otra excusa, da igual lo bien que nos podía ir si fuésemos Comunidad, si estuviésemos con Murcia y Albacete, o si se hubiese creado una Andalucía Oriental. Eso, hoy, ya da más igual, porque nadie va a salir a las calles, no somos así, al menos, tras años de varapalos, ya no.

Se habla del milagro almeriense, con toda razón, eso no se puede negar. Bastante hemos hecho tal y como estábamos, estamos y estaremos (que esto no evoluciona de un día para otro). Pero ¿no deberíamos plantarnos delante de cada puerta como los de Teruel? Almería existe, para bien o para mal, con sus miserias y sus logros (sí, son muchos, pero aquí hablo de lo malo, lo demás, tal vez, sea objeto de otro día), mal que les pese a muchos, el culo del mundo, como pompis que es, de vez en cuando evacua, y entonces, claro, huele. Y a nadie le gusta eso ¿verdad?

Miguel Martín, periodista

Teleprensa.net

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