El sueño regionalista de la Granada de fin de siglo
28/02/1999 | por Javier | Categoría: Externos, Historia, OpiniónLa vida granadina de hace cien años se encontraba sumida en la desesperanza y el desánimo, sin impulso para salir adelante de los problemas que postraban a sus habitantes en un pesimismo inactivo y derrotista. Los periódicos de la época, cumpliendo una función de activadores de la conciencia colectiva, se hacían eco una y otra vez de la agobiante situación, intentando romper los círculos viciosos que desde hacía tiempo habían encerrado a Granada en un laberinto del que no sabía cómo salir. En sus páginas se reflejaban nuevas propuestas, se proclamaban derechos vulnerados, se recogían las quejas de una provincia doliente que se sentía olvidada. «Granada sufre una terrible crisis, que cada año se hace más grave, a cusa de la absoluta y punible indiferencia con que se miran sus intereses por el poder central, atento sólo a la exacción de tributos, sin que por otras manifestaciones que ésta se eche de ver que los granadinos somos españoles», se quejaba el editorialista de El defensor de Granada el 28 de diciembre de 1898.
En el marco sombrío de una época de crisis, algunas voces se hicieron oír, proponiendo la unión con otras provincias para conseguir del gobierno logros que beneficiaban a todos.
Con el tiempo se vio que aquellos granadinos que empezaban a utilizar el término región, haciéndose eco de otras iniciativas más contundentes en Galicia o Cataluña, estaban preparando o diseñando un movimiento que cíclicamente volvió a aparecer en la escena política española en el siglo siguiente.
UNA ASAMBLEA REGIONAL
La iniciativa regionalista se activó en torno a una reivindicación muy concreta: la demanda al gobierno de la pronta terminación de la línea férrea Murcia a Granada, cuya construcción llevaba cuatro años detenida en Baza. Con el sonoro y equívoco nombre de Asamblea regional se celebró en Granada, el 16 de mayo de 1897, una reunión, en el Ayuntamiento granadino, a la que acudieron representantes de Jaén, Almería, Murcia y Alicante, esta última ciudad por iniciativa del periodista director del periódico El Liberal, Francisco de Figueras, que era granadino. Diputados en Cortes, presidentes de corporaciones municipales, autoridades eclesiásticas, periodistas, todos acudieron a expresar su apoyo a la iniciativa de construir un frente común, como era la mejora de las comunicaciones en la zona del sudeste. Ni que decir tiene que todas las instituciones de Granada estuvieron ampliamente representadas, incluidos los capellanes de la Capilla Real y canónigos de la Abadía del Sacromonte. Se constituyó una comisión de representantes de las tres provincias afectadas para que entregasen un documento al Ministro de Fomento y consiguieran que los embrollos administrativos que habían paralizado el proyecto se solucionasen.
«Ya no está sola Granada, las provincias hermanas le ayudan en el logro de sus afanes», decía con euforia el editorial de El Defensor, en un clima de colaboración regional y de éxito de la Asamblea.
Sin embargo, aquel entusiasmo duró poco tiempo, pues la presión que se había intentado ejercer no surtió el efecto deseado y, varios meses después, la Diputación granadina, por vía del diputado Juan Echevarría Álvarez, que era presidente de la Cámara de Comercio, recurrió a la vía contencioso-administrativa, contra la Real Orden de 1894 que establecía las condiciones de la construcción de la línea férrea, que habían llevado al estancamiento de la misma.
Pronto salió a relucir que aquel proyectado ferrocarril había sido un auténtico timo, hasta el punto de que el senador marqués de la Hermida, con gran irritación de la prensa local, llegó a decir que nunca se iba construir el deseado ramal, por las dificultades del terreno y el encarecimiento que conllevaban y que era mejor que Granada reclamase el acortamiento de su distancia con Madrid, mediante la construcción del ramal Moreda-Granada, que también estaba pendiente, y que se inauguró el 1 de Mayo de 1904.
EL CULTIVO DEL TABACO
Aquella sonada Asamblea quedó como un hito en la vida granadina, un punto de referencia de lo que podría hacerse para reclamar la atención de los gobernantes.
De nuevo se planteó la solución de constituir una Asamblea de representantes de las provincias andaluzas, con el fin de lograr que se declarase libre el cultivo del tabaco en la región, especialmente en las comarcas que se habían visto afectadas por la filoxera, que había destrozado miles de hectáreas de viñedos, llevando a la miseria a muchos campesinos. Esta vez la sugerencia vino desde Madrid, planteada por los periódicos La Seguridad y La Izquierda, que retaban a la prensa granadina a hacerse cargo de la iniciativa de poner en marcha «una gestión común y activa cerca de los poderes públicos». Pero la prensa granadina se había cansado de fomentar iniciativas integradoras, tal como expresa en su artículo El Campesino, editorialista del vespertino granadino El Popular, quien agradecía a sus colegas madrileños el interés que les despertaba «una región tan necesitada de apoyo oficial como la andaluza y muy especialmente la provincia de Granada, a la que miraron con desdeñosa indiferencia los Gobiernos, y a la que amenazaban frecuentemente con la pérdida de lo poco que aún le resta de su antiguo prestigio e importancia» y reconocía con amargura, recordando los escasos resultados de la Asamblea regional, que una reunión así daría resultado en Valencia, Cataluña, Galicia «o alguna de esas regiones que saben imponerse a los gobiernos cuando de sus intereses se trata. Pero aquí, triste es confesarlo, falta valor y entereza para mantenernos frente a los poderes públicos en esa actitud enérgica, resuelta y digna de un pueblo que tiene conciencia de su derecho».
La sombra de los despojos institucionales seguía cerniéndose sobre Granada, que se había visto privada de la Capitanía general y había sido alertada acerca de la posible supresión del tercio de la Guardia Civil, pasando la comandancia a depender del tercio de Málaga, precisamente el que se había segregado de Granada, junto con el de Almería, en 1880, lo cual resultaba aún más humillante, como decía El Defensor el 16 de Octubre de 1897.
UNA CONFERENCIA IDEOLÓGICA
Como ya hemos indicado, Juan Echevarría, como presidente de la Cámara de Comercio, y como diputado provincial, llevó a cabo continuas gestiones y elaboró proyectos sobre la mejora de las comunicaciones ferroviarias, no solo con Murcia, sino con Motril y la Costa, planes que siempre se veían frenados en sus complejos trámites, ante la ineficacia de los representantes parlamentarios, cuyos nombramientos dependían de las componendas políticas y del propio gobierno, sin autoridad moral para velar por los intereses de la provincia. Juan Echevarría encargó al periodista Francisco Seco de Lucena que llevase a cabo un proyecto cultural para la Cámara, organizando conferencias que, sin tocar los asuntos políticos, sirvieran como foro de ideas, si bien no se permitían los debates ni las intervenciones por parte del público.
La primera de aquellas conferencias tuvo lugar el 6 de enero de 1898, sobre el Regionalismo, asunto que se consideraba de actualidad en aquél momento y estuvo a cargo del mismo Francisco Seco de Lucena, que era hermano menor del propietario de El Defensor de Granada y por entonces director del mismo. El texto, publicado íntegramente el día 8 en el periódico, constituye una brillante exposición ideológica del tipo de regionalismo que se concebía a fines del siglo pasado entre los círculos ilustrados progresistas, sensibles a la necesidad de un regeneracionismo, que veían en la potenciación de las regiones una nueva vía de renovación para las gastadas estructuras de un país que presentía el desastre de sus colonias. Es por otra parte, uno de los escasos discursos que se conservan de quien fue un orador prestigioso y destacado.
Tras admitir que había un regionalismo mal entendido que degeneraba en separatismo, porque confundía centralismo y todos sus males con nacionalidad, definía su propuesta de un «espíritu de las regiones que no va contra la unidad de la patria», porque se basa en la «descentralización administrativa, compatible con todas las formas de gobierno». Propugnaba un cambio de mentalidad en los granadinos que, además de estar carentes de «esa cohesión, ese espíritu de unidad que hace posibles las más difíciles empresas y allana todos los obstáculos», vivían pensando en lograr algún puesto en Madrid, lo cual era una quimera, pues se podría estar mucho mejor en Granada, sobre todo si cesaba la marcha de los mejores cerebros y capitales y se aplicaban esas energías en elevar el nivel de vida de la provincia.
El protagonismo que Seco de Lucena reclamaba para Granada en el marco de una región definida estaba basado en la historia y en la solera de sus principales instituciones. El orador no descendía a propuestas políticas concretas, pues no era el marco adecuado, sino más bien a un cierto estado de opinión, una actitud más operativa para la defensa de los intereses frente al centralismo y sus males, cifrados por el orador en el sistema político de la restauración monárquica, representando en «sus majestades el Ministro, el cacique y el diputado cunero, que no encuentra en el mapa su circunscripción». Finalizaba la conferencia con una larga cita de un discurso de Castelar, dedicado a Granada, exaltando su belleza y el esplendor de su pasado, muy en la línea de la retórica romántica.
Tuvieron que pasar varios lustros para que Granada fuera receptiva a las propuestas que el movimiento regionalista, con gran moderación y equilibrio, pudieran plasmarse, pero es ya parte de otra historia.
Mª Dolores Fernández-Fígares
Suplemento dominical del diario Ideal, 28-2-1999


