Morayma Ibne Al- Attar: una mujer modélica en La Alpujarra
20/01/2010 | por Javier | Categoría: HistoriaA lo largo de LA HISTORIA, los escritores nos han dejado grandes y abundantes ejemplos del amor y de la entrega de una mujer por un hombre, aunque nadie, hasta el momento presente, se haya detenido a analizar a un personaje tan atractivo como el de Morayma, “Mariquilla La Lojeña” la última sultana granadina, que tan maltratada fue por la vida en sus pocos años. Siempre dio ejemplo de sensatez, de serenidad, de amor y de abnegación a su marido y a sus hijos, aunque Los Reyes Católicos se ensañaron con ella, cargándola se sufrimientos, siendo el peor, quizá, cuando la privaron durante años de la compañía de sus hijos.
Boabdil, su familia y su séquito, su guardia tornadiza, de setecientos caballeros cristianos renegados, y unos cientos de fieles seguidores, se establecieron en el castillo de Laujar, hoy solar piscinero, en los últimos días de febrero del año 1,492. Boabdil llevaba a sus principales cortesanos, los que no lo habían abandonado todavía: su cuñado ben Al- Attar y sus alcaides Josef Aben Comixa, Abul- Casim El Maleh, Sidi Mohamed Moratil, administrador del capital de las sultanas, y otros, que le organizaron la corte. El rey moro (El Rey Chiquito o el Desventuradillo, “El Zogoybi”) se dio a recorrer todo su feudo, aunque ya lo conocía de otros tiempos, sobre todo cuando, en los peores días de su reinado, sitiada la ciudad de Granada por El Cristiano, hubo de salir, a mendigar por los pueblos del Valle de Lecrín y de La Alpujarra, buscando alimentos para los niños, para los enfermos y para los ancianos granadinos. Y fue la contemplación de la situación de extrema necesidad de sus vasallos lo que le obligó a aceptar las negociaciones de Churriana de La Vega y las capitulaciones previas a su rendición.
Uno de los acuerdos de las Capitulaciones de Churriana de La Vega, (la tierra natal, siglos después, de los hermanos toreros, Paquiro y Frascuelo) decía textualmente: “Sus altezas hacen merced por juro de heredad, para siempre jamás, al rey Abdilehi, de las villas y lugares de las taas de Berja…, Andarax…, y Órgiba, que son en La Alpujarra, con todos su heredamientos, pechos, derechos y otras rentas que en cualquier manera le pertenezcan a sus altezas en las dichas taas, para que sea suyo o lo pueda vender o empeñar y hacer dello lo que quisiere, con tanto que cuanto lo quisiere vender o empeñar sean primero requeridos sus altezas si lo quisieren; y tomándolo, le mandarán pagar por ello lo que se concertare…”.
Con tales acuerdos, firmados y sellados, y presentados ante la Santa Sede, Boabdil pensaba perpetuar a su familia y al Islam en el señorío de La Alpujarra, feudo dependiente de la Capitanía General y del del Virreinato de Granada, cuyo gobierno ostentaba el Primer Marqués de Mondéjar, y de la Corona de Castilla, y no tardó en organizar su pequeña corte, haciendo de sus “fieles” alcaides los depositarios del poder real, por que él, viéndose al fin libre de guerras, pacífico y respetado su pueblo y sana su familia, se entregó a su deporte favorito, que era la caza de cetrería. Y Boabdil se pasaba meses enteros, con sus cetreros, errando por los Llanos de Dalías, por el Valle del Andarax y por las lomas de La Contraviesa. Mientras tanto, Morayma lloraba a escondidas la ausencia de sus hijos, que seguían cautivos del cristiano, en el castillo de Moclín. Un día, Morayma se sintió enferma y hubo de recurrir a los mejores médicos del momento. Pero los mejores médicos, que eran judíos, se habían tenido que ir de España porque el decreto de expulsión lo firmaron los Reyes Católicos en Granada, el día 31 de Marzo del año 1,492, y las cédulas de expulsión habían llegado ya a las sinagogas.
El rey don Fernando, que no en vano fue elegido por Maquiavelo como su modelo de gobernante para su “Príncipe”, no sabemos si como un fallo suyo o quizá por sus connivencias políticas internacionales, le cedió a Boabdil el feudo alpujarreño, colocando en peligro su logro granadino, porque el sultán turco, Bayaceto II, había afianzado su poder en todo el Oriente Próximo, sometía Egipto y amenazaba la integridad del estado español, pues hubiera podido recuperar Granada si se hubiera atrevido a enviar su armada en socorro de Boabdil. Pero no lo hizo porque Bayaceto se hallaba en gran amistad con el papa Inocencio VIII, que recibía grandes rentas del sultán por mantener a su hermano, el príncipe ZIZIM, alejado de Estambul. Y quizá fueran esas connivencias las que impidieron que El Gran Turco, todavía en gresca con el Gran Soldán de Egipto, auxiliara a Boabdil, aunque El Gran Soldán, cuando el Rey Católico sitiaba Baza, le envió unos frailes católicos, fray Antonio Millán, prior del convento de San Francisco de Jerusalén, y su coadjutoir, de los monjes custodios del Santo Sepulcro, para exigirle a don Fernando que respetara a los musulmanes sometidos a su poder, si no quería que él tomara represalias contra los cristianos afincados en Palestina. El Rey Católico, que enmendó en parte su error, trocándoles a los hijos de Cetti Meriem Benegas y de Cidi Yahya Alnayar, de apellido cristiano Granada, el señorío de Órgiva por otro leonés, empezó a sentir que Boabdil y su pequeña corte le estorbaban en un lugar que hubiera sido inexpugnable por las tropas castellanas contra tropas turcas que hubieran estado bien equipadas, bien dirigidas y auxiliadas por los moros alpujarreños. Pero Los Reyes Católicos habían contraido con el papa Inocencio VIII el compromiso de mantener y respetar a los nazaritas, con bienes y religión, en La Alpujarra mientras ellos desearan mantenerse. Un hombre tan poderoso como el Rey Católico se vio coartado en sus decisiones, porque no podía expulsar a la familia nazarita, que era quien le estorbaba. Pero las circunstancias vinieron a jugar también: Morayma cayó enferma, el papa Inocencio VIII murió el 25-7-1,492, y su sucesor, el Papa Alejandro VI, más conocido como El Papa Borgia,(una muestra más del enorme poder del Rey Católico) fue elegido papa de Roma un año antes de que se reuniera el cónclave preceptivo. Mientras tanto, los turcos afianzaban su poder en el Mediterráneo Oriental, Boabdil y Morayma reclamaban sin cesar a sus hijos y los “fieles” alcaides de Boabdil, que casi nunca le fueron fieles, se preparaban para empezar a mostrar su falsedad .
Leonardo V. Villena

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